Waylon y su hijo Bill estaban de caza. Se encontraban en lo más profundo de bosque, en el monte al que Waylon solía ir otras veces, aunque para Bill era la primera. Su padre creía que se convertiría en un verdadero hombre al matar un ciervo.
-Sssh. Silencio, hijo. Creo que tenemos uno allí delante. Agáchate.
Bill, excitado, se agachó junto a su padre tras una ancha roca, y asomó la cabeza por encima, para ver si vislumbraba al animal. Así fue, aunque se sorprendió, ya que no era como se esperaba. Carecía de pelo casi por completo, su carne era roja y brillante y en varios puntos tenía grietas de color verde, que expulsaban un líquido viscoso y amarillento. Más que su cornamenta, imponían sus enormes dientes manchados de sangre y sus ojos negros, muertos.
-Dios mío. Creo que es un animal enfermo, hijo. Deja que mate yo a este, acabaré con su sufrimiento.
Waylon se llevó el rifle al rostro y, tras unos segundos, apretó el gatillo, sorprendiendo con el estruendo al pequeño Bill. El ciervo recibió el proyectil en el lomo, pero no pareció afectarle lo más mínimo. Giró su rostro demoníaco hacia Waylon, y, en contra de su naturaleza, echó a correr hacia él, expulsando saliva por la boca abierta.
Lo que Waylon y su hijo no sabían, era que ese ciervo se había alimentado días atrás de unos residuos tóxicos abandonados descuidadamente en el bosque, lo que lo había transformado en lo que entenderíamos a todos los efectos como un ciervo zombie devorador de carne humana.
Volviendo a la escena que nos ocupa, el animal zombificado y sediento de sangre se arrojó sobre el padre, clavándole los dientes en el rostro y arrancándole la piel de la cara de cuajo, mientras emitía un antinatural gemido de ultratumba. En ese momento, las palabras que Waylon había emitido antes de disparar, que se habían estado repitiendo en la cabeza de su hijo, quedaban grabadas a fuego en la mente del chico.
El padre miró a Bill gritando, con sus ojos sin párpados y su boca sin labios, escupiendo sangre por las aberturas de los músculos de su cara, mientras el ciervo masticaba la jugosa y peluda piel. Entonces Bill, poseído por un instinto animal que en aquel momento le impedía sentir miedo o llorar, levantó su escopeta y disparó, con la suerte de acertar al monstruoso habitante del bosque en el cráneo, partiéndoselo en cientos de pedazos y provocando una explosión de sangre y sesos. El ciervo decapitado cayó a plomo sobre el suelo.
El despellejado Waylon se acercó a Bill, totalmente desquiciado, desesperado, pidiendo ayuda. Bill, a pesar de haber caído al suelo debido al retroceso, siguió sosteniendo su arma en alto, y casi sin que él quisiera, el cañón se introdujo en la boca de su padre. Decidió que, al igual que el animal, su progenitor merecía dejar de sufrir, así que apretó el gatillo una vez más, produciendo en la cabeza del hombre una explosión similar a la vista en la del ciervo. La parte inferior de su mandíbula fue lo único que sobrevivió al disparo, expulsando sangre en vertical a través de la garganta, generando un curioso efecto de surtidor. Waylon agitó de forma refleja todos sus miembros durante un segundo, antes de caer al suelo.
Aunque luego pasó mucho miedo, aquel día Bill comprendió el verdadero significado de la caza, y si alguna vez veía a otra persona o animal sufriendo, sabría lo que había que hacer.