martes, agosto 17, 2010

Gilles de Rais


Sobre el asesino real Gilles de Rais.

¿Eran aquellos los pecados de la carne? Si los que cometía Gilles de Rais se podían calificar como tales, sin duda eran los peores de todos ellos.

¡Qué inmenso gozo extraía el Barón de rajar a agonizantes niños vivos, sentarse sobre ellos y eyacular sobre sus entrañas! Colgarlos, golpearlos y mutilarlos le proporcionaba un placer tal que superaba al del sexo un millón de veces.

Pero una vez terminaba, ¡qué terrible arrepentimiento le embargaba! A Dios todopoderoso le rogaba, con sus barbas aún empapadas en sangre, que por favor le perdonara. Se había dejado dominar por su pasión diabólica, y había cometido los crimenes más abyectos, pero ahora se enmendaría. Eso se decía a sí mismo, y a Dios, temiendo el fuego eterno del Infierno.

Sin embargo, cuando se le volvía a presentar la oportunidad, cuando algún jovencito bello como un ángel se ponía al alcance de su mano, no podía dejar de ordenar su captura, para profanar su cuerpo de formas que la mayoría de hombres no son capaces siquiera de imaginar. Y es que, al fin y al cabo, ¿no era él el más rico y poderoso de entre los franceses? ¿No le dijo su abuelo, siendo él pequeño, que no tenía por qué responder ante las leyes de los hombres, ni ante las de Dios? Con este pensamiento, se entregaba a los depravados placeres de la tortura y el asesinato, como hicieran, siglos atrás, sus modelos de conducta de juventud: Calígula y Nerón.

Pero cuando los cadáveres infantiles yacían a sus pies, despedazados y sangrantes, con la noble simiente de De Rais sobre ellos, con su inocencia brutalmente destruída... ¡Ah, cómo se arrepentía!