Sobre el asesino real Ed Gein.
Travestido con las pieles de mujeres evisceradas, Ed baila frenéticamente y aulla a la luna. Bajo la cubierta de lo que un día fue una vagina funcional, el pene de Ed crece, mientras, en su imaginación, la madre fallecida continúa gritándole, humillándolo.
Nunca habrá ya amor para el pobre Ed, ni amigos, ni alguien que lo abrace. ¿Podemos culparle por desenterrar cuerpos, por utilizarlos para saciar sus extrañas fantasías? Tan inocente como cruel: la bondad de un retrasado, la maldad heredada de una mujer diabólica. ¿Podemos culparlo por matar y desmembrar a las que le recuerdan a ella, su cruel torturadora, la única persona a la que pudo amar? ¿Podemos recriminarle su comportamiento, sus incomprensibles tendencias sexuales, habiéndolo amamantado una bestia?
En sus solitarias orgías nocturnas, cuando la luz de las estrellas ilumina los pellejos humanos pegados a su cuerpo, Ed es momentáneamente feliz. ¿Podemos culparlo por ello?
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada